miércoles, 27 de junio de 2012

Limpio la lechuga emocionado, deshojándola en el fregadero con entusiasmo creciente; acaricio la carne de sus hojas incrédulo, palpando el verde músculo de esta planta semisalvaje, modelada al viento sin dueño de los campos y montes de los alrededores -y de los doctos cuidados de nuestra vecina-. Dice Montaigne del buen lenguaje que debe ser “sencillo y natural, igual sobre el papel que en la boca; suculento y nervioso, corto y apretado, no tanto delicado y pulido como vehemente y brusco....alejado de toda afectación, desordenado, deshilvanado y atrevido; que cada trozo tenga su cuerpo..”. Y añade a su comentario un epitafio de Fabricio dedicado al poeta Lucano: “Porque al fin no hay estilo mejor que el que conmueve”.

He decidido hacer de esta hortaliza mi santo y seña literarios. Con está simbólica dieta, y alguna lectura ocasional de Baroja, espero vacunar  mis devaneos de escritorzuelo advenedizo frente a todas miasmas y todas las tentaciones retóricas que acechan con sus cantos de sirena  en el blanco asesino y leviatánico de cada hoja por escribir.