viernes, 30 de diciembre de 2011

 
Palabras como brazadas en el agua.

                              Palabras para no ahogarse uno.

                              Porque a mis espaldas
                              sólo tengo ya el rincón
                              al que el peso del mundo
                              me ha empujado.

                              Palabras para acompañar con música
                              esta danza absurda,
                              este vaivén de bestia enjaulada.

                              Ni un segundo de distracción,
                              ni  un segundo de derrota.

                              Y cuando las palabras se acaben,
                              la risa,
                              irreductible, innegociable, irrecusable,
                              inevitable.

sábado, 24 de diciembre de 2011


La alarma del despertador me devuelve a la ingrata vigilia de un nuevo día , y con ella a la amenaza de una jornada idéntica a la anterior y anticipo, a buen seguro, de otra igualmente indistinguible. El tiempo saltando a horcajadas sobre el tiempo.

Puedo escuchar desde mi dormitorio, la oreja pegada a la puerta, el siseo reptil de la asistenta en el pasillo, desempolvando el rodapié o aplastando algún insecto imaginario con calculada entrega. Cesa el ruido abruptamente; intuyo ahora, sin asomo de duda, la cadencia asesina de su respiración del otro lado de la pared; su aviesa mirada en dirección a mi habitación, enmarañado el pelo, palmeándose el estómago en un gesto, estoy convencido, desafiante. Debilitado por un sueño difuso, del que aún no me he despegado, renuncio a cualquier confrontación doméstica y me deslizo por la puerta sin ser visto.

Erguido el mentón, avanzo con decisión marcial por calles todavía vacías; alineados como peceras mudas, un tribunal de escaparates asiste a mi desfile callejero; sobre los tejados, y entre las antenas, el vuelo temprano de algún pajarete a nadie, salvo a mi, parece incumbir.

Decido tomarme un respiro en un parquecillo salpicado de bancos por los que un chucho contrahecho va repartiendo orines con pausa y ceremonia; entre los arbustos asoma, de cuando en cuando, un pensionista ocioso, aferradas las dos manos al plástico arrugado de una bolsa de contenido impenetrable. En la comodidad de mi propio asiento, me abandono al mortal languor del que tanto previene Schopenhauer: “la parálisis, leo en mis notas, “que se muestra en la forma del terrible y mortecino aburrimiento, de un fatigado anhelo sin objeto determinado”, y que se extiende ahora, imparable, por todo mi cuerpo.

Tumbado en el banco sin decoro alguno y con la libreta enfrentada al cielo, continúo el repaso de mi pequeño vademécum: en el sabio alemán encuentro con sorpresa el remedio a mi creciente postración, que no es otra que mi condición de artista y “el consuelo que procura el arte, y el entusiasmo del artista al que le hace olvidar las fatigas de la vida”. De este modo, el elogiado creador, leo con asombro, fascinado, “contempla el espectáculo de la objetivación del mundo: se queda parado en él, no se cansa de contemplarlo y reproducirlo en su representación”.

Detecto un pálpito premonitorio, anuncio de una de mis habituales pugnas con un mundo cuyo peso, quiero convencerme, ya no me intimida. Así, incorporado ya en el banco, desde la contemplación más decidida, el ceño fruncido y encimada mi cámara, transmuto el vientecillo, que agita las hojas, en una suave caricia; para cada pájaro y piedrecita encuentro un nombre y un propósito; incluso el cuasimodo canino, que se acerca obsequioso, meneando su rabito pelado, tiene su lugar en este cuadro de armonía, al que mis atributos poéticos han concedido un nuevo orden.

Envanecido por mi osadía prometeica, apoyados ahora los codos en el respaldo del banco,  reflexiono sobre el acto de representación: la vida convertida en espectáculo, pienso para mi, libre de tribulaciones, re-presentada en este acto de ilusionismo que los creadores todos, payasos de chistera, escenificamos en nuestro teatro particular. Nada se me antoja más irreverente  que el acto creativo, en cuya esencia, sigo pensando incontrolado, esta la reinvención del mundo y, en último término, ¡la negación absoluta y taxativa de Dios!

Cae el telón y vuelvo a la realidad del parque, alarmado por las consecuencias de mi acto, de mi  réprobo atrevimiento. El perrete, ahora malquistado, reclama con bufidos el banco del que ya me estoy levantando. Con mi defección vuelven los pajarillos a su vuelo incierto; un viento errático agita ramas y papeles por el suelo. De esta escena, sin orden ni concierto, huye su director entre las sombras.

En la puerta del apartamento, ahora vacío, reconozco mi derrota, la futilidad de un asalto a la vida nuevamente frustrado, sin otro logro que el halo de estas imágenes, que uno no sabe bien si emplazar en el recuerdo o en la ilusión del sueño, que bien podrían ser lo mismo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

El dolor ha frenado mi carrera y me ha tumbado impotente en la hierba húmeda que rodea la pista. Paralizado, me abandono a la lluvia de este día gris y contemplo las nubes altaneras pasearse sobre mi rostro.

Por el rabillo del ojo veo acercarse dos siluetas familiares, una oronda, trastabillando la otra, Sancho y Quijote descabalgados: “Trece vueltas”, me espetan al unísono. “¿Cómo?, respondo desconcertado. “Hoy sólo trece vueltas, ¿la lluvia?”.










sábado, 10 de diciembre de 2011

Cierro contraventanas y corro cortinas para precipitar el final de una jornada que no llega nunca. Un pequeño transistor, que la asistenta ha olvidado encendido, vocea un listado interminable de desarreglos planetarios: a la alarmante falta de neurocirujanos parece sumarse la acumulación incontrolada de neumáticos, de caucho pestífero e irreductible; masas forestales de escala continental y antigüedad pleistocénica desparecen en un cruel segundo, arrastrando a tribus igualmente primigenias… El grifo, mal cerrado, mantiene un goteo airoso, ajeno en todo al apocalipsis radiofónico. No parece existir mas ley que la de la gravedad, continúa la radio, en la que Stephen Hawking, ha reconocido la causa en sí , la explicación absoluta de un universo infinito en el que, sin embargo, parece, ya no hay sitio para Dios.

El anuncio radiofónico de la ausencia de Dios y mi presencia sola en este universo descabezado me devuelven un aplomo que creía perdido con el que decido enfrentarme al folio en blanco que me espera en la mesilla. Voy a preparar mi embate a un dios inexistente, me digo, al que hurtaré el fuego con el que  alumbrar el pasillo de estos días que no acaban nunca.  Con firmes brochazos poblaré mis paredes de jardines imposibles y pajarillos cantarines; reescribiré la vida con el talento de un Miguel Ángel retrepado en su andamio sixtino, hasta someter el cielo a mis designios iluminados.

Acodado sobre el blanco de las hojas,  doy comienzo a mi escritura prometeica: con la autoridad de un soberano en su feudo, declaro prohibidas rocas y cadenas, desterradas todas las rapaces y proscritos los sabios; bienvenidos, por decreto, todos los necios de firmes piernas…

Al paso de los minutos, sin embargo, la lengua fuera y el pulso acelerado, comienzo a anticipar una nueva derrota. Releo mis notas erráticas con  creciente repulsión: el trazo de mi genio, con el que pretendía alumbrar un nuevo Edén, resulta un pobre trampantojo sin más perfume que
                                                                                   mi jadeo entrecortado y
                                                                                   sin otra música
                                                                                   que el eco
                                                                                   de mis trompicones
                                                                                   solitarios.

En el límite del desmayo y la rendición mas absoluta, con la silla como único apoyo de mi trastornado equilibrio, acuden a mi memoria el consuelo y compañía de estos versos:

My love looks fresh, and death to me suscribes
since, spite of him, I´ll live in this poor rhyme  
(Mi amor permanece invicto y derrotada la Muerte,
a cuyo pesar, en esta rima, vivo y me hago fuerte)

con los que Shakespeare puso una nota de aliento a esta danza insensata que es la vida.

Mecido en la cadencia del soneto salvador, aplazo, una vez más, mi combate con el folio y me arrastro a la cama, agotado el cuerpo por las mil batallas del día. Me envuelvo en las sabanas familiares, que nunca debí abandonar, y caigo en el pozo de un profundo sueño, interrumpido súbitamente por el campanilleo del cruel despertador que anuncia, intempestivo, el comienzo de un día nuevo, tal vez ya consumado.

lunes, 5 de diciembre de 2011


Me acodo en la ventana desvelado, atraído por los maullidos de un gato que huye en la noche, dibujando con su cola una interrogación. Una línea de luz divide en dos la calle y alumbra un teatro de farolas sin otro público que sus sombras. El escenario perfecto para un crimen que no cometeré, pienso para mí.

La nostalgia de todo lo que no ocurrirá se extiende con su familiar cosquilleo por mi cuerpo. Suspendido en la alfombra que salva mi caída, busco a tientas el apoyo del colchón. Soy mis silencios, me digo, tumbado ya,  aferradas las dos manos a las sábanas aún calientes, soy lo que ignoro y los lugares que no ocupo, soy mis recuerdos y todos los anhelos incumplidos, todo eso soy y nada. Somismo en esta pred algún salto quieto, algún cormodo en estatienta y a la vez…

Comienza, en el interior del armario, un ronroneo felino, convertido pronto en feroces arañazos que terminan por abatir el mueble. Con el estrépito de la caída recibo un empellón que me empuja fuera del sueño. Despierto sentado entre sábanas revueltas, agitado por la amenaza del licántropo doméstico y  el crepitar obstinado del despertador, que no cesa.



martes, 29 de noviembre de 2011



domingo, 20 de noviembre de 2011

 
De mis viajes a la ciudad de Manila hace unos años, ha quedado el recuerdo difuso de una escultura gigantesca del celebrado Silapulapu, repartida en piedra por distintos rincones de esa ciudad interminable, y que mostraba a una figura musculosa y granítica, convertida por el tiempo y el orgullo local en símbolo de identidad nacional. Del lado de los conquistadores, a juicio de Zweig, Elcano recibió una gloria inmerecida, no tanto por su previa condición de amotinado, como porque el honor debería haber recaído, sostiene, en el esclavo Enrique, traído por los portugueses desde las Islas de las Especias por la ruta oriental bajo su control, y que se habría incorporado a la expedición de Magallanes desde su inicio. El mencionado esclavo habría reconocido, para estupor de todos, la lengua de los indígenas filipinos a su legada a las islas, cerrando, así, el círculo de la primera persona que verdaderamente circunnavegó el globo.
                                                                                 
Un estúpido, y a la postre fatal, error de cálculo, añade el escritor vienés, explicaría, asimismo, el lance de costa que acabó con la vida del infortunado Magallanes, quien, junto con los soldados de su partida, no pudiendo fondear las barcas cerca de la playa, y alejados como estaban los indios del fuego de sus armas, optaría por deslizarse al agua con sus pesadas armaduras, exponiéndose ingenuamente a las flechas de los locales. En escaneado del grabado que ilustra la muerte de Magallanes –extraído de la Cosmographuie de Thevet de 1575- advierto un soldado, acaso el propio Magallanes, con la cabeza cruelmente asaeteada, el casco a un lado, y el mudo estupor, casi cómico, dibujado en un rostro de ojos abiertos desmedidamente al espectador.

En la base del guerrero indígena encontrado en google, esculpida en piedra, leo con sorpresa la fecha insigne de la muerte de Magallanes, 27-4-1527, que coincide, salvando siglos y primaveras, con la fecha de mi propio nacimiento. Lo que vendría a explicar, mal que bien, los vapores de conquista que ciegan en ocasiones mis sentidos, provocados, parece, por el polvillo estelar  que el capricho del cosmos habría depositado en mi espíritu inquieto y ofuscado, heredero interestelar del celebrado conquistador.
                                                                                  






lunes, 14 de noviembre de 2011




Corro diariamente, como queda dicho, en una pista deportiva elíptica, rodeada de un entorno de jardines igualmente geométrico, mantenido con celo por dos figuras cervantinas, un gordo y un cojo, a los que nunca he conseguido acercarme y de los que nunca, en todos estos años de gimnástica entrega, he obtenido un saludo o un gesto, ya no de complicidad, ni siquiera de reconocimiento. Con mi entrada atlética en el circuito repiten su ceremonia diaria: detienen su maquinaria en lo alto de la colina y vigilan mi carrera en un silencio suspicaz.

Corro en dirección contraria a las agujas del reloj, levogiro, como las espirales que dibujan todos los sumideros de Australia.; corro en el mismo sentido en el que corría Emilio Zatopek y todos lo atletas del Olimpo, faltaría más; corro contra el tiempo, robándole en cada vuelta, unos segundos a la eternidad.

Cumplida mi cita diaria con la pista y de regreso a mi domicilio, enjabonándome en el calor de una ducha bien ganada, observo el agua escapándose por el sumidero en una fuga hipnótica, obligada, ahora si, al  familiar giro horario. La imagen me devuelve a la idea del tiempo, ficción del hombre, leo estos días en Schopenhauer, en su estrategia para entender una realidad, de otro modo ininteligible; proyección de nuestra sesera primate, piendo para mi, que dibuja un mapa para repartir las contingencias de este mundo extraviado en un antes y  un después. Todo esto, sigo yo reflexionando entre vapores, para eludir la evidencia palmaria de que las conquistas napoleónicas y el vuelo efímero de una pompa de jabón , el big-bang y nuestras ilusiones todas de futuro; todo, como digo,  tiene el calibre de un instante, el parpadeo fugaz de un monicaco sideral, soñado, a su vez, por otro primate alucinado y con la testa igualmente circunvalada:

 “Enfriad el caldo con sangre de mico / y firme y seguro será nuestro hechizo”, gritan las brujas de Macbeth.

Con el tren de mis reflexiones descarrilado, cegado todavía por el jabón del baño, observo, con idéntico estupor primate, el culebreo de unos pelos que asoman por el desagüe; movido por la curiosidad, me agacho y tiro con todas mis fuerzas hasta encontrarme en la mano con la sorpresa de un gigantesco pelucón, al que siguen unas gruesas gafas de concha y la cara familiar de mi vecina que, tras un sonoro ruido de succión y superado el estrecho agujero, aparece en mi bañera, enfundada en su florido batín.

“Mella, Tiempo voraz, del león las garras. Mella, Tiempo voraz, del león las garras”,  repite, admonitoria, su nariz pegada a la mía.

Su imagen de desvanece en los vapores del baño junto con el eco shakesperiano, reducido ahora a un murmullo que devuelve mi propia almohada. Una penumbra lechosa cubre las paredes de lo que empiezo a adivinar como mi dormitorio. 

martes, 8 de noviembre de 2011

Despreciado su proyecto de circunnavegar el globo por Manuel el Portugués, Magallanes realizó su hazaña bajo pabellón español. Después de dos años interminables,  superada una revuelta de la tripulación en Puerto San Julián, que concluye con varios capitanes descuartizados - clavados sus trozos en picas-, encuentran el Estrecho de Magallanes y embocan el Océano Pacífico, que tardarán en surcar cien días. Llegan los expedicionarios a Filipinas víctimas del escorbuto, llagada la boca y desdentados, con todas las ratas del barco consumidas (cinco reales de oro la pieza) y agotado el cuero de las velas (que horneaban después de remojarlo en el mar). Con Magallanes muerto a manos del rey de Cebú, Silapulapu, Elcano protagoniza el último tramo de cinco meses continuados de navegación sin tocar puerto, a fin de evitar el apresamiento portugués. Culmina la gesta en cabo San Vicente donde, para desconcierto de Piagafetta, resulta ser jueves, cuando según el diario del cronista, mantenido con celo incansable durante los tres años de viaje,  debería ser miércoles. De este modo, “robándole un día a la eternidad” (sic), quedó demostrada la esfericidad de la tierra y que ésta no permanece suspendida e inmóvil en el espacio, sino que gira sobre su propio eje.

Concluyo el trepidante relato de Stephan Zweig y paso  a la consulta de un médico especialista que me atiende enfundado en su docto batín. Le reclamo, en los mejores términos pero sin pleitesías, un remedio para el dolor de espalda que me acompaña estas semanas, y que yo achaco a mis carreras matinales, a un mal gesto, un requiebro inconsciente que pueda estar repitiendo en mis ejercicios diarios y que no se ajuste a la geometría de mi cuerpo, en el que tenía hasta ahora plena confianza, en el límite, podría decirse, de la inmodestia.

En respuesta a mi demanda de una solución a los dolores, y no sin cierto despecho, pienso, debido a mi tono de exigencia, el doctor me prescribe una “prueba de pisada”, así dice, “prueba de pisada”. Desde su autoridad médica, y con un retinte vengativo, pone en cuestión, sin pudor alguno, el valor de mis pasos, que ahora deberé someter a la bendición, o humillante burla, de algún artefacto endemoniado manejado por otro medicastro que, salivando de placer, llenará de cruces funerarias las casillas de su test  científico e irrefutable.

Abandono aturdido la consulta. Enfundado Zweig en el bolsillo, salgo a la calle, a la luz del día, atento a la firmeza de mis zancadas, de la que ahora sospecho. Con cada paso evito una caída segura; con cada bocanada de aire, constato igualmente, distraigo el ahogo inevitable. Cada uno de mis gestos, de mis movimientos, descubro asombrado, negocian segundo a segundo, una moratoria que retrasa el desenlace fatal e inevitable. Mis piernas, podría jurarlo, están cada vez más arqueadas; aliado con la gravedad, el tiempo, que todo lo devora, me reclama para alimentar el polvo de este asfalto que piso con creciente inseguridad. Me veo más pronto que tarde culibajo y con las piernas combadas dramáticamente, arrastrando, como quién dice, el trasero por el suelo, sin otro consuelo que algunas monedillas arrojadas a mi paso por algún transeúnte conmovido. Aplazada, sin remedio, mi cita con la pista de atletismo, busco refugio inmediato en un bar donde poder tomarme un cafelillo con el que recuperar el tono y la energía menguantes, y frenar este delirio dickensiano.

domingo, 6 de noviembre de 2011


miércoles, 2 de noviembre de 2011






domingo, 30 de octubre de 2011


miércoles, 26 de octubre de 2011


“Ud. parece huir del centro”, con este comentario el conocido periodista Bernard Pivot resumía su impresión sobre el carácter fronterizo de la vida y obra de la escritora Marguerite Yourcenar. “El centro está en todas partes”, respondía la escritora, “para mí el centro está en esta mesa en la que usted y yo hablamos”.

Recuerdo la entrevista viajando en coche al oráculo de Delfos. Lugar, explica nuestro guía durante el trayecto, sobre el que dos águilas enviadas por Zeus se cruzaron en el cielo para señalar con su vuelo el centro del mundo. Recibo la noticia con  alegría cortés, aunque reconozco en mi fuero interno una vaga sensación de ultraje, la ofensa de verme despojado por designio divino, de un atributo que  hasta este momento tenía como propio: la certeza, ahora expugnada, de que el centro de todas las cosas me acompañaba allá donde yo fuera.

El sol del mediodía ha convertido el mar en una cegadora bandeja de plata. Nuestro vehículo serpentea en un coqueteo infatigable con el agua, acercándose y alejándose de la costa con la intermitencia de una danza hipnótica.  Acunado por el vaivén de nuestra marcha y por la brisa revoltosa que se cuela por mi ventanuco, me abandono a una breve -y mediterránea- siestecilla.


A nuestra llegada a Delfos leemos una descripción del oráculo, célebre, parece, por la ambigüedad de sus predicciones, en el que  pitonisas transportadas por el pneuma enthousiastikon, exhalación sagrada -"y sin duda alucinógena", añade la guía-, decidían guerras y sacrificaban ejércitos. Vemos expuesta una copia romana del ónfalo, la piedra que señalaba en Delfos el ombligo del mundo, y en la que se puede leer la siguiente inscripción:  

Conozco el número de los granos de arena, y la medida del mar; entiendo a los idiotas y oigo a aquel que no habla.

En nuestro camino de regreso, destronado de mi centro universal por la prueba irrefutable del ombligo griego y petrificado, pienso, no sin rencor, en el excesivo valor que los antiguos concedieron al entendimiento con los idiotas y  a la verdadera dimensión del mar, cualquiera que esta sea. A medida que nos alejamos de ese entorno de piedra milenaria, y con los restos del día apagándose en un horizonte despejado, me detengo para anotar en la libreta un apunte breve: la conciencia del paso del tiempo puede ser un prueba de debilidad y no es obligada. Qué demonios quiero decir con esto, no podría asegurarlo: si acaso elevar una tímida protesta al imperio de Cronos, de cuyo inexorable paso ha quedado en prueba toda la celebrada ruina helénica que visitamos estos días; o calmar, supongo, durante unos minutos, mi enojo con el olimpo griego, a quien debo esta humillante conciencia de mi condición perecedera y descentrada.  A fin de cuentas, pienso para mí, la situación de extranjero es incondicional a todo viaje: desplazados del centro, asumimos una posición periférica, de espectador, que la propia Yourcenar celebraba en la mencionada charla al referirse a la condición viajera de su Adriano (la célebre recreación literaria del emperador romano) con estas palabras: “…buscaba poner en cuestión lo que se supone que es el centro, buscaba la libertad del forastero, el extrañamiento y esa mirada que nos permite juzgar…”

La noche envuelve el vehículo en el que regresamos a Atenas. Los postes de luz que orillan la carretera brillan con morosa cadencia a la luz de nuestros faros. Asistiremos la siguiente jornad, y en primera fila, a la batalla futbolística del estadio del Olympiakos: sobre el césped, los gritos mercenarios de los jugadores pugnando por la victoria; a mi espalda, un claroscuro de bengalas cegadoras y sombras  susurrando secretos al oído; presionando mis hombros, podría jurarlo, dos pesadas manos de gruesos dedos (el divino Zeus) que impiden mi salto heroico a la hierba y sellan mi puesto entre los espectadores, obligándome, una vez más, a la feliz periferia del viajero.

sábado, 22 de octubre de 2011


La carretera parpadea en la ventanilla
                       en una fuga continua.

                       El tiempo sucede al tiempo.

                       Cada imagen
                       es una despedida,
                       la crónica
                       de una futura ausencia.

                       Todo va quedando atrás.

                      
                       Polvo y nubes se mezclan
                       en la línea del horizonte;

                       un circo de periferia
                       aletea sus lonas al viento,
                       clavado a la tierra
                       como una promesa incumplida,

                       vacío.

lunes, 17 de octubre de 2011








































































viernes, 14 de octubre de 2011


Una noche de sueños e intermitencias. En el intento de girar mi cuerpo en la cama, el codo golpea inesperadamente el techo, que descubro suspendido, del modo más inexplicable, a un palmo de la cara. Mis ojos se cierran, rechazando, no sin terror, una situación de todo punto inaceptable. Desde mi voluntaria ceguera espero con impaciencia el regreso del sueño…quenospera, quenostrella, aunque babalsando conestiendo en muchas cuestas y abajo, enzulado y comoscuro, embiéndome enespera y yastayocreo yasta o luego y aquevenga. No tengo la pared,no la tengo, pero empujando y en detrás con las manos y apuntitos yasaltitos se verá detrás alacabeza le faltan pasas y le bailan parantenas de comonidad…yvueno yastabien… en muchos pasitos y pasillos empuertas con alguien quenonves se estará poniendo o ya llega…


lunes, 10 de octubre de 2011


Con el ánimo nublado y extraviado en mis pensamientos, he vuelto un día más a este apeadero sin gobierno, buscando no sé bien el qué. Avanza la mañana y apenas si quedan autobuses en el pavimento desnudo; dos o tres figuras desorientadas se tambalean en un asfalto requemado por el calor de un día nuevamente inútil. Nubes de tormenta asoman, informes y sin gracia alguna, en lo que, hasta ahora, había sido un horizonte despejado.

A decir de Montaigne, Julio César, enfrentado a sus legiones amotinadas en la conquista de las Galias, tan sólo opuso “la autoridad de su rostro y el orgullo de sus palabras”. Añade el escritor francés que tan seguro se hallaba el militar de sí mismo y de su fortuna que no temía confiarla a un ejército de sediciosos, en prueba de lo cual acude a unas palabras de Lucano que describe cómo César:

“Se plantó sobre una plataforma
 de césped con el rostro impasible y, por no sentir miedo,
 se torno digno de terror.”

La representación de la auctoritas imperial en la estatuaria romana añadía al saludo del mandatario latino  una ramita de laurel que ceñía habitualmente la efigie cesarina: “El uso de esta corona, propia, inicialmente, de corredores y poetas, fue extendiéndose con el paso del tiempo a los éxitos militares de los generales latinos. Consagrado a Apolo, valedor de las Artes, arquero consumado y protector de rebaños, el laurel”, -amén de alimentar la insaciable vanidad de su portador, añado para mi-, “se decía invulnerable al rayo”, Wikipedia dixit.

El repaso de mis notas me devuelve un eco de autoridad poética; envalentonado por mi lectura, y escudado, porqué no reconocerlo, en mis laureles pararrayos –protegido, así, de cualquier descarga celestial- camino con paso decidido hasta el centro de este escenario sin público, alzo mi dedo imperial y, con un grito a las nubes, reclamo el gobierno indiscutido de ese territorio, el de las cocheras, que, desde hoy y para siempre, declaro sin sombras.

El cielo, ahora cubierto, comienza a descargar una lluvia suave que me obliga a un trotecillo humillante, de perro abandonado. Mi grito ha concitado a un grupo de empleados de seguridad, de negro uniforme, arracimados como cuervos en la cancela de la estación. En mi huida de fugitivo sin norte, sorteo como puedo a esa caterva embrutecida, las frentes hundidas y los pulgares enfundados en pesados cinturones, de los que cuelgan todo tipo de municiones y armas de la más alta precisión y tecnología. Los galones estrellados de sus hombreras acreditan, de modo indisputable, su autoridad sobre un territorio que, obligado es reconocerlo, ya no me pertenece. Asumida mi derrota en la batalla, decido un cambio de escenario y la búsqueda de alguna nueva frontera que ensanchar.

viernes, 7 de octubre de 2011


Recurría al espejo en busca de un certificado
       de su existencia,
       de la que dudaba continuamente.

       Al temor de enfrentarse al Vacío,
       sucedía el fugaz encuentro
       con un extraño
       de arrugado ceño,
                                                         que resultaba ser él mismo.

       El Tiempo (molinillo infatigable)
       reducía ese breve destello
       de certeza
       a un recuerdo que,
       como toda memoria,
       resultaba poco más que
       una vaga ilusión.

miércoles, 5 de octubre de 2011



 
Un nuevo día inútil.

Confinado en las cuatro paredes de una habitación cada vez más estrecha, dejo caer en la mochila mi libreta y la pequeña cámara, decidido a un viaje sin destino ni otra intención que la de distraer el tedio de una jornada que parece no avanzar.

Llego a la estación perdido entre viajeros embotados que arrastran sombras y maletas, aturdidos bajo el peso de un sol inclemente, vertical, que agota la mirada. El apremio y la ilusión iniciales de un viaje sin rumbo van cediendo poco a poco a una sensación de extrañeza y desconcierto que me empujan a un improvisado asiento en el suelo. Postrado sin decoro alguno, observo los autocares, varados como leviatanes en su propia humareda, liberándose ordenadamente de la orilla asfaltada y cerrando las puertas con un bufido. Un pasajero desahuciado en tierra, que bien podría ser yo mismo, alza la mano desde el andén, en un último gesto de abandono y desmayo.

El saludo petrificado de mi compañero de naufragio me recuerda al de muchas estatuas imperiales: “el imaginario clásico encarnaba con un dedo alzado la auctoritas, la preeminencia social, del mandatario romano”, confirmo en la Wikipedia. Aumentada la imagen en  pantalla, el gesto del laureado auctor tiene poco de caudillaje y mucho de demanda patética, en el límite de la admonición o de la protesta pura, que reconozco en mis propias veleidades de autor y detecto ahora en el desconsolado viajante.

En estos momentos de abandono y contemplación sin objeto, la nuca en la pared y el culo sellado al suelo, pienso en mi presumida autoría, en mi doble condición de náufrago y soberano de un territorio sin más extensión que la de esta libreta, a la que confío mis notas y algún poemilla incauto; pienso, igualmente, en mis fotografías obligadas al rectángulo, en cuyo marco me empeño, osadía de osadías, en resumir el mundo. De este modo, sigo pensando para mi, con palabras que encierran promesas que encierran mentiras, o desde los destellos de una cámara con la que pretendo congelar un tiempo del que me finjo dueño, me defiendo, como puedo, de este mundo descalabrado; mundo que a sus múltiples pandemias (mares de agitaciones bíblicas, desajustes tectónicos injustificables, etc., etc.) añade la de la sobrepoblación de artistas, familia parásita de amplísimo espectro, en la que, se hace inevitable, debo incluirme yo.