miércoles, 22 de agosto de 2012



lunes, 20 de agosto de 2012













































jueves, 16 de agosto de 2012


El pintor Antonio López me aconseja conservar mis fotografías enrolladas con una gomita roja. Comienza entonces una lluvia pesada de verano que interrumpe nuestra charla, yo cubro al maestro con mi gabardina, unimos nuestras manos libres e iniciamos, entregados, un tango solemne, el culo bajo y la mirada al frente.

Despierto del sueño al compás de las olas rompiendo en la playa. Es noche cerrada y no duermo sólo. En la rada, sobre las piedras, reposa desde ayer tarde el cadáver sin identificar de un turista fatalmente accidentado. A la espera del médico y del juez, Mussolini y su compañero anfibio pasan la larga noche velando el cuerpo. Por las contraventanas se cuela el bisbiseo de los gendarmes en su vigilia obligada. Hablarán, supongo, de la luna, o de un posible asalto a las islas vecinas, atentos con sus linternas a cualquier movimiento sospechoso en los alrededores.

domingo, 12 de agosto de 2012


La isla tiene por única autoridad a dos carabinieri, que recorren sus callejuelas refugiados del sol siciliano bajo el toldo, estrecho e insuficiente, de su cochecillo eléctrico. Posan para la cámara sudorosos, amortajados por la gruesa franela de su uniforme policial. Uno de ellos, calvo y dominante, coloca los brazos en jarras y encara el horizonte con aires de Mussolini, estatuario y feliz, me parece, por esta imagen que regala al mundo de autoritat espontanea, así me dice, autoritat espontanea. Su compañero, plegado a la furia autoritaria de su pareja, se refugia, más discreto, en un segundo plano: sobre su rostro estrecho y verdiblanco, ruedan gruesos goterones de sudor; unos pequeños y tímidos suspiros salen de su boca diminuta, los últimos estertores de un lenguado fuera del agua, pienso para mi.

martes, 7 de agosto de 2012


Paso los días alojado en una caseta al pie de una pequeña playa en Paranea, una islita vecina de Stromboli, milagrosamente liberada de la congestión turística que unos días atrás convertía la cala en un terrario intransitable. Con tres saltos me zambullo
en el mar de una
noche sin luna.
Buceo en este cielo
de agua negra.
Voy volando suspendido
en el océano infinito
de mis pensamientos,
secas de lágrimas mis mejillas,
los labios apretados
para no olvidar,
o para olvidar.
En mi aleteo
de silencio ciego
olvido cualquier razón
por la que respirar.
Abrazado a estas nubes
de sombra,
sé que no moriré nunca.

miércoles, 1 de agosto de 2012


Mecidos por las olas de la noche, contemplamos desde nuestra barquita los lametones de fuego del volcán Stromboli, que vomita cada diez minutos una llamarada de piedra roja y crepitante. Ruedan los pedruscos cloqueteando por la ladera hasta precipitarse en el mar con un susurro. 

Al amanecer nadamos a la costa; trepamos por la piedra negra de luz, batida sin descanso por el agua. Con nuestras manos y pies desnudos acariciamos los estratos de rebaba volcánica y uterina congelada en el tiempo y contemplamos los nudos de piedra informe, de una belleza abisal y cavernaria, que no debe nada a la mano fatal del hombre, a la triste caricia del animal-poeta que somos, pienso para mí,  que todo lo reordena y que todo lo anula.

Ayer noche, con el arco volcánico y anaranjado parpadeando en un cielo infinito de negrura, mientras el viento nocturno y ciego golpeaba el muro impenetrable del agua -sobre la que bailábamos indefensos en nuestra frágil barca-, me sobrevino la conciencia abrumadora de que el hombre no ha inventado el fuego. Huéspedes inoportunos de un teatro que no reclama nuestra atención, decidimos en los albores del cosmos, domesticar el fuego y activar esta danza insensata del tiempo y de la historia, de la soledad del hombre, de sus tropiezos de bestia enjaulada y ciega. Con nuestros artefactos creativos volvemos la mirada a nuestra inocencia primigenia, culpables de un delito para el que no encontramos indulto. “En el corazón de la forma se encuentra una tristeza, una huella de la pérdida. La talla es la muerte de la piedra”, escribe George Steiner.

En las cenizas del Stromboli, por cierto, Ingrid Bergman perdió toda ilusión de escapar a la celda de un matrimonio indeseado. De la película homónima, recuerdo vagamente a la actriz perdida entre vapores ígneos, desorientada en una noche de lava y ceniza, despertando a la luz de una mañana que condenaba toda esperanza de huida. “Somos reducidos a cenizas, sea cual sea el peso de nuestras esperanzas o la dignidad de nuestro dolor” (Steiner, de nuevo). Somos reducidos a cenizas.

lunes, 23 de julio de 2012


miércoles, 18 de julio de 2012


lunes, 16 de julio de 2012

Enfrascado en el singular cuaderno de campo del Doctor Líbido (supongo), dejo pasar las horas de la tarde sobre las páginas inclasificables del pariente de mi vecina, pobladas de manchurrones ilegibles y comentarios encriptados por la mella del tiempo: palabras momificadas, cuyo significado el paso de los años ha sepultado bajo una losa impenetrable de pergamino ambarino y polvo. Entre las hojas de este diario aparece una fotografía de su supuesto autor: una figura de aire mundano, tocada con pajarita, las cejas arqueadas en un gesto de aceptación, linfático casi, a no ser por la leve inclinación del torso hacia la cámara, señal de una cierta determinación de carácter, pienso para mí; un joven Rubén Darío, médico de profesión, pero aquejado de poesía y vapores de fortuna, resuelto al éxito en su aventura indiana.

Extraviado durante horas en la hipnótica lectura de estas notas sin rumbo, me decido a transcribir, una vez más, un fragmento de estas líneas, en las que asoma de cuando en cuando, parece, el ambulatorio paseo de su sensible autor por nuestra geografía hace unas décadas, sesteando ocasionalmente a la sombra protectora de un árbol, o despierto a los más vivos detalles del campo que le rodea, dejándose llevar, incluso, en algún que otro pasaje, por un cierto tono, permítaseme la expresión, de encendidos tintes lúbricos:            

…Y timbla la pasarala cuando azoro al borde de las cosas, y timblan tanvién los paramíos. En lumbre estan las motas todillas apechadas en varios morros. Sigo sin ser la cava, pero no desvío un solo guante por las formas ni vayaserque. También timblan, al calor del ciento, las marrascuelas y los rubrillos. En las colas atentan suaves copas con sus ladrillos y yo me aviento solo en tumba, dijando lo más tibio en fuera de la cazuelita. Ya soga al viento por la venillas y saltan sastres a la deriva, y baten los corrales en sombra en cada cabina. Yo mopongo con todo lo mío y sajo los cierres en el vientito, maduro los ojos empretados consoplo. Al sonidillo me embrago todo y escroto las hojillas con silicio, encaro micara lacaricia y, ablandado, mexpongo sin estribos a las copas y avacantos deste pino…

…Y a latarda, ¡quien dijera!, los mosos encubren las espitas; amallan los tíos y amallan las aspuelas. Alpairo, todo se miente y se rocía: venados y concilios, arpuelas y estampillas; las gomas y cerillas, a docenas, discuten entretiempos a la encina. Fraguan las saladas, y se embaten en cestos cortaplumas o abogados, cogidos ondos de la mano. Ya no hielan linces en las cuestas ni se encindan trapos con los osos, pero, en la verdurilla toda, arriman a tiempo gravas y excrementos, alindando sin amianto cuevitas y otros ellos. Y así pasa al viento la tarde, con los corderos sepultando cubas  y aguzando montes, en tanto loros y autovistas se envenan a la marcha sin prisas y mucha lumbre.

Más caras son las cosas embrutadas al aire y sin costura. También sucintan sustos los codos de las cojas y los mapas de las laderas cuando escaldan afintadas las horas mustias del centrodía. Yo pienso que no compongo al compás de mi madera, pero arrumbo en el nidito todas las cosas buenas y asalto con la cintura el colmo de mis paseos que vienen, alopienso, grapados con las bandejas. Y ahora me dojo yovar por el cielo y las rosquillitas, emprendido para arriba sin el freno de la vida…

Cojo la pluma en secanta, volteando en mis dedos toda,  rubrico mi vergüencita y me compro una escarola. Con el monte desmeyado, con los bolos aturdidos, acatan por la mirilla los pecardos enfadados. Morisas apeladas bailotean a mi vecina y el humillo de la fragata ya renuncia a lo del día. Voy poscando pocoapoco decidido a la sartén, y enfrascado en este luto mencamino con desdén…

viernes, 13 de julio de 2012

Arrinconado en mi propia casa por una patrulla de reporteros embrutecidos. Martilleándome las sienes con su micrófono, la periodista  pregunta por las claves de la fotogenia, así dice, claves-de-la-fotogenia. Una revista de la máxima importancia y del mayor prestigio, me explica, ha consagrado a Elisabeth Taylor como la actriz más fotogénica de la historia. Su noticiero reclama, insiste la reportera, el labio entreabierto y fruncido el ceño, una aclaración sobre el secreto de la fotogenia.

Cegado por la luz de la cámara, pongo los cinco  sentidos en salir airoso de esta encerrona mediática. Evitar por todos los medios, me digo, mi proyección al mundo en la forma de un busto oracular, segado el cuerpo por la pantalla, iluminando al público con falsas máximas de una estupidez en el límite, podría decirse, de la abyección. Mi torpe alocución queda finalmente reducida a una secuencia de balbuceos timoratos, propios de un fotógrafo aquejado de alguna congestión cerebral, pensará el público inclemente, psíquicamente disminuido -añado para mí-.

Tras el frustrado asalto, vuelven los periodistas a su vehículo con idéntica urgencia a la que llegaron, irritados por mi colapso verbal, mordisqueando cada uno con enojo su teléfono móvil. Arrancan su vehículo con un chirrido de neumáticos, ciegos al saludo de R. desde su huerta. La vecina esconde en su media sonrisa todas las respuestas que yo no he sabido dar. El azul del cielo brilla en su mirada de actriz de la Metro;  bailotea en su frente el flequillo, negro y rebelde; a su espalda, el tintineo del hielo anuncia los primeros whiskies de una velada tempestuosa: Richard Burton, podría jurarlo, la reclama desde las sombras.

lunes, 9 de julio de 2012


Del cuaderno de campo del Doctor Líbido (supongo):

Es tiempo de garcelas: en las majillas se entraman bolardas y espigones. Al final del día, los palillos cubren el cielo con sus cantuelos. Sombras y aljabillas siembran de estornudos las cañadas, y en los bochos de las encinas, el cabretillo relame los afueros estirando su manteca. Habrá que esperar el entretiempo, me digo, cuando las pateras tiñen con su estío albores y carreteras. Entonces, y sólo entonces, de las cimbras y de todas las talayas, surge intempestivo el arrochal, abrazando el campo con su sequío y desviando al fondo, con bravura, el esquema de las cosas y de las carteras. Bienvenidos entonces los kimonos, bienvenidos el arrochal y las entrameras con sus granos asomando encendidos

El cielo se cubre entiempos de espolvillas, y monjas cuelgan sonrisas de las ramas con el reyuelo ciscando en su caída. En el horizonte oservo muchas ganas; alguna cuchara estafa en el albor y las granas todas ensueñan con colores y alabardas asembrando hasta el final del día las rejas del paramento y las enfiladas, que entre caños deslucen su agüita al despiste de las ramas.

En esta época las lechuzas enlatadas apestan a montones. Se desvían y cubren con su ajuero en chimeneas y ladrillos, prontas a solar con su vuelo entre el ganado de cada amercado.

Anoto con arrobo esta anota y destruyo sin piedad las colinas y los amedos que rodean con solío mi soledad sola.



miércoles, 4 de julio de 2012

En el coche camino de U. Apenas incorporados a la autopista, N. suelta su primer dardo de impaciencia: “¿Cuánto falta?”. Manipula un enorme reloj anaranjado enredado a su pequeña muñeca como la fatal serpiente al Árbol de la Ciencia. Voy explicando al retrovisor el significado de la media esfera que nos queda por recorrer, la aguja larga que, señalando al doce, coincidirá con nuestra llegada dentro de media hora, así le digo, media hora. A mi iluminación pedagógica sigue un minuto de silencio inquietante. Asoma, entonces, sobre mi hombro, la esfera horaria con el doce alanceado con inmediatez absurda y la sentencia de N., sin resto alguno de ironía: “Pues ya debemos de estar llegando”.

Luce el sol en U. La sombrilla de helados ha recuperado la vertical y cobija en su sombra a nuestra vecina, gendarme infatigable del barrio. R. tiene hoy el pelo recogido en rulos de colores y  cubierto por una redecilla verde que le confiere un aspecto de rapero de Baltimore. Vigila el entorno desde su trono sedente, como un mandatario sumerio, las dos manos sobre el regazo y la mirada atenta a los contados movimientos en el barrio. Los Testigos de Jehová han vuelto, subrepticios, al ataque: pellizcada en la cancela, encuentro una revistilla de proclamas bíblicas, ilustrada con imágenes de dioses barbados asomando entre nubes imposibles; otras páginas muestran estllidos nucleares y soldados  gritando con el rostro desencajado; aparecen, igualmente, familias sentadas en el calor del hogar, el blanco almidonado de sus camisas refulgiendo en cada viñeta y una sonrisa de maniquí cruzada en cada uno de sus rostros plastificados, coronados por una rubia mata de pelo de geometría perfecta e inverosímil. Miro por encima del hombro, atento a cualquier movimiento en los alrededores, alarmado por la posible  presencia de un enemigo al que creía derrotado. R., Gudea de Lagash, mantiene su gesto mayestático y petrificado bajo su sombrilla, tan sólo sus ojillos resabiados, dirigen el azul de su rayo en mi dirección. Si la piedra hablara…  


lunes, 2 de julio de 2012


Transcribo a continuación un extracto del cuaderno de campo del Doctor Líbido (supongo):

Suenan las avezuchas en el trino de los albores, a las matajuelas se enjambran colores y enramadas. En esta época, la luz saltiera y emboza sus validos con suaves arrobes. No todas las casmadas, me digo, disfrutan con igual del tiento. En los caminos de otros las colinas amechan en distintas direcciones, con el fruto de sus mantillas arrumbando distintas caras. ¡Qué solito el tiempo de las cardillas! Cuando a los felones y espantos que amantan la tierra se prestan con valía luchos y otros pescones. Me detiengo en este priaje para almiar todo el viento de las pasarelas y tener en un mendigo la pereza de los bosques y de las maracas...

miércoles, 27 de junio de 2012

Limpio la lechuga emocionado, deshojándola en el fregadero con entusiasmo creciente; acaricio la carne de sus hojas incrédulo, palpando el verde músculo de esta planta semisalvaje, modelada al viento sin dueño de los campos y montes de los alrededores -y de los doctos cuidados de nuestra vecina-. Dice Montaigne del buen lenguaje que debe ser “sencillo y natural, igual sobre el papel que en la boca; suculento y nervioso, corto y apretado, no tanto delicado y pulido como vehemente y brusco....alejado de toda afectación, desordenado, deshilvanado y atrevido; que cada trozo tenga su cuerpo..”. Y añade a su comentario un epitafio de Fabricio dedicado al poeta Lucano: “Porque al fin no hay estilo mejor que el que conmueve”.

He decidido hacer de esta hortaliza mi santo y seña literarios. Con está simbólica dieta, y alguna lectura ocasional de Baroja, espero vacunar  mis devaneos de escritorzuelo advenedizo frente a todas miasmas y todas las tentaciones retóricas que acechan con sus cantos de sirena  en el blanco asesino y leviatánico de cada hoja por escribir.

lunes, 25 de junio de 2012

Asoma R. en el portón de la cocina exhibiendo, triunfal, una lechuga de tamaño pleistocénico. Nuestra vecina aparece en ocasiones  de este modo, como un súcubo rural con la víctima descabezada al brazo, surgiendo sin previo aviso de la niebla baja que acompaña el final de estos días en U. R. es dueña del caserío colindante al nuestro, en cuya fachada principal luce una pequeña huerta que las lluvias de estas semanas han convertido en una selva impenetrable. Una sombrilla de helados Frigo, inútil en este verano de frío siberiano, aparece rendida con melancolía al abrazo de las judías incontroladas. En el interior del caserón R. conserva un pequeño museo alimentado con antiguos aperos de campo, fotografías familiares y algún que otro cachibache indescifrable. En la ilusión de ir robándole al tiempo estos pequeños fragmentos de la historia del lugar, nuestra vecina ha ido conservando en un pequeño arcón el tesoro escrito de los suyos. Buceando en la hojarasca apergaminada de postales, testamentos y escrituras, encuentro un extraño cuaderno, apenas legible, selladas sus páginas por la humedad, y en cuya cubierta aparece, borroso, el nombre del supuesto autor, que el destinte del tiempo ha convertido en “Doctor Líbido”, o algo así. Leo por encima la caligrafía densa y apenas legible de este cuaderno desmochado, y concluyo que se tratan de unas notas de campo, devaneos de algún pariente lejano de R. que el capricho del tiempo ha puesto en mis manos y a los que volveré con la atención que merecen en estos próximos días.
 

jueves, 21 de junio de 2012


miércoles, 20 de junio de 2012


martes, 19 de junio de 2012



miércoles, 13 de junio de 2012


domingo, 10 de junio de 2012

No hay espacio
para girarse
sólo quedan
las ganas de morder
o de escribir
este
poema
sin
flor.